Librerías

    Las librerías que más estimulan mi pasión por la lectura son las librerías pequeñas, minúsculas, de barrio, coordinadas por decrépitos dependientes miopes, desprovistas de insultantes medidas de seguridad, como ese policial detector de libros a la salida de las grandes superficies, porque robar en ellas es extremadamente fácil. Choricear libros es un placer equiparable para mí a subirme en una montaña rusa o en el gusano loco. Como un cazador furtivo, te adentras en el ambiente silencioso de una librería, localizas entre una maraña de nombres a la presa, buscas el instante adecuado y zas, tu inocente víctima emprende un viaje sin regreso hacia tus desharrapados bolsillos.

   Para no despertar sospechas entre los santísimos libreros, cambio constantemente de sitio, establezco mis ciclos y mis rutas, siempre dentro de los parámetros de la desprotección. Algunos libreros, acostumbrados a mis esporádicas visitas, que nunca engordan su lucro, me etiquetan como un no lector. Me justifico arguyendo que me llama la atención el olor, la forma, el tacto, el diseño de los libros, pero que NO ME GUSTA LEER. A veces, durante un repentino ataque de compasión por los múltiplemente mancillados libreros, compro cosas: bolígrafos bic, postales con los garabatos de Federico García Lorca, el periódico o una litrona y pipas. Siempre cosas ridículas pagadas con monedas de estas que siempre llevas sueltas en los bolsillos, para dar la impresión de que solo he salido a comprar alguna tontería y dar una vuelta y, a nivel moral, para purgarme un poco de mis inocentes pecados. El otro día me inventé que tenía un perro y que había salido a pasearlo y lo tenia aparcado en la puerta. Incluso alguna vez he delatado a otros clientes usurpadores que intentaban profanar mi territorio, impidiendo con valerosos actos heroicos que hurtasen libros a los pobres libreros. Estas acciones de valiente ciudadano anónimo, que no chivato, me hacen ganar puntos de confianza con los dependientes, que me recompensan con llaveros, calendarios de chicas sin ropa o encendedores.

   Como lector fraudulento le pido a las librerías una temperatura agradable, ni demasiado frío ni demasiado calor, para que no me estorbe ni el plumas en invierno ni la mochila en verano. También estimo una buena oferta en libros de bolsillo, que son más manejables y llevaderos. Todavía intento recuperarme de la tensión y el miedo que pasé robando un grueso volumen de las obras completas de Tolstoi.

30 enero 2002

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