¿Tiene límites la libertad de expresión?

Antes de nada, decir que no soy un paladín de la libertad y que con la edad, el desencanto me va haciendo quemar todas las banderas y reírme un poco de todas esas causas por las que he luchado en algún momento u otro de mi vida. La vida en general está llena de personas que nos llenamos la boca con sandeces, que intentamos dar ejemplos y pautas de comportamiento a los demás, censurando y juzgando a todos aquellos que piensan distinto a nosotros de un modo asqueroso. Nos consideramos a nosotros mismos una especie de Braveheart, aunque nuestra altura moral, nuestra empatía y nuestra inteligencia sean las mismas que la de una rata de alcantarilla.

No creo en nada y tampoco se mucho de las cosas. Pero llevo media vida haciendo chistes, planteándome cuestiones relacionadas con el humor e intentando reflejar un poco la forma en la que veo las cosas dibujando. Aunque por lo general mis trabajos son otros, lo que más me interesa en esta vida son los chistes. De hecho, considero que la vida es un gran chiste en si mismo. Y me gusta explorar eso cuando agarro un lápiz.

Por norma, cuando te dedicas al humor, siempre te señalan lo malo. Es decir, la precariedad de todo esto, lo difícil que es encontrar tu sitio, lo expuesto que quedas… En las entrevistas siempre te preguntan ese tipo de cosas y cualquier minucia queda más tremenda de lo que en realidad es. Pero joder, esta profesión- aunque sea cada vez a un tiempo más parcial- es maravillosa. Los demás siempre te recuerdan lo malo porque nos encanta el olor a sangre. Pero lo malo es muy necesario: siempre aprendes más de los palos, de los linchamientos, de las críticas feroces. Es un hecho. No quiero que la mayoría esté de acuerdo con lo que hago. No quiero gustarle a todo el mundo. A mi lo que más me cuesta digerir de todo esto son los elogios y los piropos. ¿De verdad piensas que si yo fuese tan bueno y tan grande, no tendría que estar dibujando y desarrollando mi potencial en algún sitio? Con el humor soy incapaz de cambiar mi propia vida y de encajar en alguna parte, ¿acaso alguien piensa que puedo cambiar algo en esta realidad espantosa con un chiste?

Estamos en un buen momento para vivir, dentro del puto desastre que es todo. Tenemos a nuestro alcance herramientas que eran impensables hace 20 años. Podemos aprender, comunicarnos o insultar al instante a cualquier persona de este planeta con un click. Los medios de comunicación nos retransmiten esta mentira en la que vivimos en directo e incluso tu mismo puedes ser el corresponsal. Esto produce una cantidad de información que es muy difícil de asimilar. Leemos solo el titular, no profundizamos en nada por pereza y tendemos a sacar las cosas de contexto por vicio. Nos deslumbran las tonterías como las luces de un coche a un conejo. Internet además da haber cambiado el mundo y la forma de relacionarnos se ha convertido en una herramienta que celebra nuestra imbecilidad. En este contexto, los chistes sólo sirven para sacarte una risa o hacerte pensar algo de un modo diferente, con un poco de suerte. Atacar la libertad de un humorista al hacer un chiste es algo atroz, porque esa libertad es lo único que tenemos. El único privilegio que hemos heredado.

Siempre he tenido claro que al hacer chistes debes cuestionar todo, empezando por ti mismo. Si alguien piensa que con un chiste alguien puede manipular a otra persona, es porque considera idiotas a las personas. Los chistes son inofensivos. No son peligrosos. Ojalá lo fueran. Ojalá hicieras un chiste de un Ministro del Interior y le estallase la cabeza. Ojalá pudieses con una viñeta hacer que se desangrara un hijo de puta. Pero no es así. Sólo son chistes. Sacando los chistes de contexto nos tienen muy entretenidos a los tontos, nos llevan a debates absurdos e interminables y convierten el humor en una cortina de humo para encubrir las verdaderas injusticias: las desigualdades sociales, la explotación, el abuso… Queremos convertir todo en una cosa aburrida, en una hipocresía absoluta. Queremos decidir el contenido que comparten los demás. Atacar sus opiniones y sus ideas. Imponer nuestra visión del mundo y establecer verdades absolutas de un modo fascista y caprichoso, ridiculizando y exponiendo al linchamiento público a todo aquel que piensa de un modo distinto. La corrección política es una forma de que los poderosos legitimen sus privilegios. No habría que linchar y llevar a los tribunales o a la policía a los bufones que te dicen que el emperador va desnudo. Habría que ponerle querellas a la realidad en sí, si de verdad te interesa cambiar algo.

Los chistes son nuestra forma de reaccionar ante las injusticias, de pensarlas, de darnos un punto de vista diferente. Son nuestra catarsis. No son verdades absolutas ni las tablillas de Moisés. La libertad de expresión es un pilar fundamental, uno de nuestros reductos, no sólo cuando toca ser un #JeSuisCharlie. Hay que defenderla siempre, sin PEROS, sobre todo cuando la ejercen personas con las que no estamos de acuerdo. Si no ponemos límites a las injusticias, ¿qué cojones de límites va a tener el humor?

Nota: este texto lo escribí para una charla sobre la libertad de expresión a la que me invitaron hace unos meses en Mollina (Málaga), pero no llegué a exponerlo.

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