“La gentuza como tú”

1 de agosto 2008. Nos dieron las vacaciones en la Bodega de Antonio. Me invitaron a una fiesta en una piscina en mi pueblo. Me fui a tomar unas cervezas y a comprarme una gorra, para después no tener que preocuparme por peinarme si acabábamos en el pub. El autobús salía a las 18:00.

Pillé una gorra blanca de Rip Curl. Iba con las chanclas, el bañador y una camiseta cantosa. Faltaba un rato para que saliese el autobús, vi una librería abierta y entré a ver si encontraba algo para leer por el camino.

El dependiente de la librería estaba escuchando música clásica a toda hostia y no se enteró cuando entré. Serían las 17:00 y poco. Empecé a husmear libros, con la bolsa de cartón con mi nueva gorra.

Cuando el dependiente me vio se llevó un repullo. Me miró raro y salió a dar vueltas por los pasillos de la librería mientras yo hojeaba libros. Me estaba rayando por tenerlo encima y pensé: mejor me voy.

Salí sin decir adios, un poco molesto. El tipo no se dio cuenta cuando me perdí de su puta librería.

Al rato, llegando a la altura de los comedores universitarios, pensando en mis cosas, escuché los pasos de alguien corriendo.

1 de agosto, a las 17:30 o así. No había ni perros por las calles. Cuando giro la cabeza veo al tipo de la librería, medio asfixiado, sudando, que se para a un metro de mí.

Le miro extrañado. El tipo me suelta:

-¿Creías que no me iba a dar cuenta? ¡Dame el libro que has robado!

Me salió una risa tonta. Le respondí

-¿Qué libro?

-El que llevas en la bolsa.

-¿Pero qué dice? Mire, llevo una gorra que me he comprado. Se está confundiendo.

-Lo habrás dejado en alguna parte. ¡Sé quien eres, chorizo! ¡Y sé cómo sois la gente como tú!

Ya me puso de muy mala hostia y le mandé a tomar por culo. Pero el tipo empezó a insultarme, sudando como un pollo, atribulado y amenazaba con llamar a la policía. Me tocó un brazo y le metí un empujón. Le decía:

-Venga, llámala. Estás chalado. Como te acerques a medio metro otra vez te reviento la cabeza.

Pero el tío seguía con su paranoya.

-¡Quinqui de mierda! ¡Delincuente! ¡Chorizo! ¡Me da asco la gente como tú! ¡Bla, bla, bla!

Cuando le iba a agarrar del cuello el tipo dio algunos pasos atrás, mientras seguía gritándome:

-¡La gentuza como tú esto, la gentuza como tú lo otro!

Podría haberse disculpado. Nos podríamos haber reído juntos por la confusión. Me podría haber ganado como cliente. Pero optó por acusarme de todas las imbecilidades que le pasaban por la cabeza, juzgándome por ir con chanclas, bañador y el pelo de punta. Y siguió:

-¡Sé quién eres! ¡Conozco tu cara! ¡Esto no va a quedar así, ya hablaré con mis amigos de la policía! ¡Quinqui de mierda!

Yo a ese tío juro que no lo había visto en mi puñetera vida.

No le partí la cara porque iba con chanclas, se me iba a escapar el autobús y sabía que si le agredía solo yo iba a acabar con problemas. Me estaba dando hasta lástima de lo sofocado y fuera de sí que estaba. Además, si venía la policía, “sus amigos”, la razón no la iba a llevar yo, como muchas otras veces.

Se fue calle abajo, sin pedir disculpas, con su mismo discurso.

-¡Quinqui de mierda! ¡La gentuza como tú! ¡Chorizo!

Hoy tienen Al final siempre ganan los monstruos en el escaparate de su tienda.

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