Poética de la autodestrucción

Estas semanas he contado más cosas sobre mí a otros que en los últimos 25 años juntos.

   Una de las preguntas habituales ha sido: “¿cómo es que escribes desde los 14 años y nunca has publicado nada antes?”

   Explicar esto es difícil, me enmaraño un poco al responder y no sé si quien me escucha entiende lo que le estoy contando, porque me explico regular. El asunto es que sí. Escribía. Poemas que parecían canciones punkis, cuentos, artículos e incluso algunos intentos de novela.

   El problema del joven yo, además del miedo escénico, la inseguridad y algunos más, era que no tenía máquina de escribir (algún amigo me la prestaba pero había que devolverla rápido) ni acceso a un ordenador.

   Escribía a lápiz, con la letra muy pequeña, a doble cara en un folio. No podía ni plantearme que alguien me leyese. Me aterraba mandar alguna cosa que hubiese escrito a una revista, a un concurso o a una editorial presentado así, porque estaba seguro de que se reirían de mí. Era más fácil y barato dibujar cosas y fotocopiarlas luego en forma de fanzine.

   Hubo una etapa entre los 15 y los 21 en la que me dio por la poesía. Hacía mis propios libros, experimentaba, llegué incluso a probar formas clásicas, siempre de un forma torpe. Para encajar toda esa actividad creativa con el hecho de no tener a nadie que se leyese mis textos (salvo cosas muy puntuales que me frustraban muchísimo), se me ocurrió algo maravilloso: fundar mi propio movimiento literario, de un solo miembro: la Poética de la Autodestrucción.

   Escribí un manifiesto de doce puntos. Uno de los puntos era Que nadie te lea nunca.

   Y me escondí ahí. Terminé una novela para solo leerla yo (Maricón) y dejé otra a medias (Peces). Hice una revista (Antihéroe), de la que solo había una copia. Para estar a la altura del manifiesto tonto que escribí, me dio por quemar la mayoría de mis textos. Los fanzines y los dibujos que hacía se fueron comiendo la rabia y cada vez escribía menos.

   Incendié muchas cosas. Otras las extravié. Algunas las creía perdidas y las volví a encontrar muchos años después. De ahí salió Poemas escritos a navajazos, 2017 (donde había una versión del manifiesto, retocada en algún punto para que encajase con la historia que estaba contando en ese libro) y Maricón.

   Maricón era una caja de zapatillas llena de libretas. Cuando la encontré en casa de mis padres dibujé un fanzine (Todos los poemas hablan de ti, 2013) con las sensaciones que sentí al leerme tantísimos años después.

   Pasaron unos cuantos años más hasta que, al volver de nuevo a vivir en Deifontes, decidí transcribirla y quemar esas libretas. Esto fue a finales de 2016.

   Enfrentarme a las libretas secretas fue una pasada. Me hacía gracia leerme 15 años después. Otras veces me emocionaba, otras me cabreaba muchísimo, lloré varias veces. Cuando la terminé de pasar al disco duro sentí un orgullo como nunca antes había sentido.

   En Méthamis, durante la temporada de la cereza (mayo-julio 2017), leía por las noches los textos que había pasado al ordenador. Fantaseaba con volver a escribir. Estaba perdidísimo. Solo había un poco de paz y orden en mi vida cuando me iba fuera para las temporadas de la cereza y la uva. Y sentía algo parecido a envidia de ese yo adolescente que se creía la persona más fuerte del mundo escribiendo solo para él.

   Jorge me regaló un libro de relatos de Donald Ray Pollock antes de irme a Francia que leía a la vez que mis payasadas de joven. Empecé a arder otra vez. Pensaba mucho en que estaría bien volver a escribir y pasar de la Poética de la autodestrucción de los putos cojones de una vez por todas. Quizás escribiendo podría espantar a los monstruos.

   En agosto subí a una red social un relato titulado Destellos. En octubre colgué otro. Se titulaba No importa.

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