
Este señor gastándose los cuartos en una máquina tragaperras es el dibujo más importante de mi vida.
Muchas veces me preguntan: ¿por qué dibujas?
Hace algunos años lo dejé. Estaba a otras cosas y apenas tenía tiempo de hacer nada.
Trabajaba en una cafetería por la calle de San Juan de Dios. Solía venir un tipo extraño. Agarraba un taburete, lo plantaba junto a la tragaperras, pedía un café y se ponía a jugar. Se pasaba las horas en una espiral enfermiza de tin,tin,tin y clinch,clinch,clinch, avance. Si te quedabas mirando la máquina mientras jugaba, se ponía super-nervioso, sudaba, se le caían las monedas.Si se quedaba sin pasta, desenchufaba la máquina, se ponía arisco con la gente que tenía alrededor y salía como alma que lleva el diablo buscando un cajero. La situación era muy delirante.
Llevaba algunos meses sin coger un lápiz, pero aquella escena que se repetía cada día me transmitía algo y me puse a dibujarla. Hacía un boceto en el comandero. Lo rompía. Al día siguiente, lo mismo. Una y otra vez. Día tras día. Hasta que varias semanas después me salió lo de arriba.
Probablemente, los ilustradores y dibujantes con estudios os tiréis del pelo al ver ese dibujo horrible y primitivo. Incluso a alguno os sangrarán los ojos. Pero para mí fue muy importante plasmar eso. Me sentía muy dichoso. Los lápices me sentaban bien. Ordenaban las cosas. Las explicaban. Me relajaban. Me calmaban.
Mientras el mundo se hacía pedazos a mi alrededor, la única puta cosa que me hacía tener la mente en blanco era dibujar.
Y me agarré a eso.
Ni «primitivo» ni hostias. Es una puta maravilla, hombre. Ya quisieran muchos/as tener tu cerebro dibujante. Te lo dice un ilustrador «de estudio» y tableta gráfica.
Toda representación tiene que contar algo, transmitir y hacer sentir. Y vaya si lo haces amigo.